Si no es llorar, ¿qué pueden ya mis ojos?
Mi alma de lamento se mantiene;
con él crece el ardor y se sostiene,
y la pluvia se alienta en sus despojos.
Un tiempo esperé premio a mis enojos,
mas tarde es ya que mi pasión previene;
pero acabar en lágrimas conviene
a quien de flores nacen los abrojos.
En llanto me consumo, y cuando espero,
grande y nuevo milagro, dar memoria,
a mi nombre disuelto en triste río,
ocurre el fuego, en él me abraso y muero,
desvaneciendo en llama con más gloria
justo aunque grave bien al dolor mío.