Este dolor que nace en mí y se cría,
si tal vez, desdeñoso del, me atrevo
a darle muerte, con furor de nuevo
torna a crecer sin miedo en su porfía.
Poca defensa hace la alma mía,
que en el último extremo, ya no pruebo
poner el pecho al trance, como debo,
más cansado que ajeno de osadía.
Vos, que me veis, Ribera, quebrantado,
no me culpéis; que el mal que así recelo
combate con gran ímpetu conmigo;
cual fiero Anteo, siendo derribado,
que tocando la dura faz del suelo,
más feroz revolvía al enemigo.