A do inclino los ojos, allí veo
de mi ingrata enemiga la belleza,
y en dulce sentimiento de terneza
cuitoso con mi pena devaneo.
Cuánto debo en mi mal a mi deseo,
que entibia mi dolor con tal destreza;
que cuando más envuelto en mi tristeza,
descubro lo que busco y más deseo.
Si este engañoso velo de mi daño
no sustentara el pecho, acostumbrado
al perpetuo furor de mi tormento,
ya fuera muerto, más dañoso engaño,
que me enlazas de nuevo en mi cuidado,
¿por qué me huyes más veloz que el viento?