Cuando miro el fino oro al manso viento
en lucientes rieles esparcido,
o en hermosas lazadas recogido,
mil causas justas hallo a mi tormento.
Cuando la llama y luz de puro aliento
rutilar veo en torno, y que el vencido
pecho tiene en su fuego convertido,
mil causas justas hallo al mal que siento.
Cuando escucho la angélica armonía
y admiro el valor vuestro y gentileza,
mil causas hallo justas a serviros.
Mas cuando en la humildad contemplo mía
y en vuestro dulce afecto y su nobleza,
no hallo causa justa a más suspiros.