Pierdo tu culpa, Amor, pierdo engañado,
siguiendo tu esperanza prometida,
el más florido tiempo de mi vida,
sin nombre, en ciego olvido sepultado.
Ya no más; baste haber siempre ocupado
el pensamiento y la razón perdida
en tu gloria y mi infamia aborrecida;
que quien muda la edad troca el cuidado.
Yo he visto a los pies puesto un duro hierro,
y torcerlo la mano del cautivo,
y desatarse de aquel nudo fuerte;
mas ¡oh! que ni el desdén ni mi destierro
pueden borrar del corazón esquivo
lo que nunca podrá gastar la muerte.