Cortada sea la mano que te diere
puñada o mojicón, aunque más digas;
y pues que a ti misma no castigas,
castíguete el demonio si pudiere.
Encima de mis ojos lluevan higas;
haga vuestra merced cuanto quisiere,
que torne cualquier mal que me hiciere,
por remuneración de mis fatigas.
Puta vieja, traidora y hechicera,
no hay paciencia tan baja que no sea
virtud, aunque me arrastres por el suelo.
Quien quiebra la vasija en que se mea,
¡cuánto mejor hacedle un vasera
de escarlata, damasco o terciopelo!