Es amarillo el polvo del sendero
y en el fulgor candente de la tarde,
un mar de espigas amarillos arde,
bajo el soplo amarillo del estero.
Abrasado el gañán, sudor y cuero,
enfurecido, grita al sol ¡cobarde!
levantando la voz en vano alarde
desde el sepulcro ardiente del calvero.
En su mano animal llagas de fuego,
belfos que beberán vinagre y sal
y en su espalda un carcaj, destino ciego
de las flechas del astro en vendaval
En su frente un soñar, un mudo ruego
por alcanzar del alba su cendal