Genio feliz; conquistador gigante;
émulo de Alejandro, sin segundo,
que hundiste la cerviz del ancho mundo
bajo el asombro de tu ardor pujante;
que ceñiste de imperio relumbrante
la faz de Europa y de estupor profundo,
el trono de San Luis y Faramundo
convertiste en águila triunfante
¿Dónde está ¡cielos! tu mirar de hiena?
¿Dónde el fulgor de tu tajante espada?
¡Sólo cubre una tumba en Santa Elena
tu corona imperial despedazada !
Mira tus glorias, vanidad terrena:
¡Orgullo, polvo, desengaño, nada !