Tú, a cuyos dedos hoy los pulsos fía
la opinión o el error de los mortales,
¿cómo, nos di, de la piedad te vales,
que entre las manos se te vuelve impía?
Esas drogas que Arabia nos envía,
recetadas por ti, son funerales;
envidian a tu pluma los puñales,
y a tus libros la más fuerte armería.
¿Cómo? Porque los hados con veneno
me mandan, asolar, justos la tierra;
y si vuestros antídotos estrago,
Aníbal soy, que, para haceros guerra,
por los alfanjes que volví a Cartago,
me obligan a empuñar los de Galeno.