Tu aliento, Herminia, en su fragancia viva
tan suaves espíritus ofrece,
que ni un jardín su emulación merece,
aunque todas sus flores aperciba.
Mas el que por las barbas se deriva
de tu esposo, ¿con qué salud se cuece,
que huele a yema o pollo, que perece
corrompido en la cáscara abortiva?
No es la más grave de las servidumbres
que la boca le des; que su lujuria
tus perlas manche y lisie tus corales.
¡Oh túmulo, y no tálamo! ¿cuál furia
en ti rindió las leyes naturales
a la fortuna? ¡oh tiempos! ¡oh costumbres!