Ya tu piedad magnánima derriba
mis ídolos, Señor; ya por ti espero
que restituya el resplandor primero
a mi templo interior su luz nativa.
Animoso al afecto se aperciba
para víctima al fuego verdadero;
sienta el furor del religioso acero,
pues que no ha de arder víctima viva.
Silencio y soledad, ministros puros
de alta contemplación, tended el velo
a profanos sentidos inferiores.
No acechen cómo ciñe el tercer cielo
la mente de tan limpios resplandores,
que a todos los visibles deja oscuros.