Ya he visto, sabio Andrade, por la gloria
con que habéis satisfecho a mi argumento,
la que disimulada en el tormento
responde a la paciencia meritoria;
que no pidiendo alivio a la memoria,
tregua al furor, ni a la esperanza aliento,
desarma y destituye al sentimiento,
y entonces se corona de victoria.
¡Oh, qué gran luz nos da nuestra elocuencia
de otras virtudes, que blandiendo palmas,
ocurren a la fiel tiranicida!
No pida pues paciencia, no, a las almas,
que absortas deja vuestro canto; pida
que en aplauso conviertan la paciencia.