Pues tu gobierno, mi Fernando, imita
al de Dios en los orbes celestiales,
aunque excluya tal vez las judiciales
plumas, venere la justicia escrita;
que cuando por su arbitrio la infinita
dispensa con las órdenes fatales
no les turba los lustres naturales,
ni el influjo común desacredita;
Ni tú, si la magnánima epiqueya
se opone a los derechos que nos rigen,
de su ornato purpúreo los desnudes;
que, aunque ella tiene altísimo el origen,
no ha de pensar que las demás virtudes
en su presencia son turba plebeya.