Hoy, real Señora, hasta la empírea esfera
sube en las alas de tu afecto el oro,
con tal fe, que al del místico tesoro
que en Belén se ofreció, emular pudiera;
fe, a cuyo aplauso en la región primera
las angélicas mentes forman coro,
para anunciar con júbilo sonoro
la sucesión que el orbe de ti espera.
El mártir, cuya fiel sangre revive,
infunda, pues le invocas. el aliento
que inspira en su prodigio, en tu esperanza;
que ya naturaleza al dulce intento
de compensar con frutos su tardanza,
los términos geniales apercibe.