Dame, Señor, una oración suprema;
dame la voz, el ritmo y el acento;
que todo tuyo sea el pensamiento,
y tuyos el poeta y el poema.
Anonadado en Ti, sea un problema
de cómo por amor, con nuestro aliento,
te expresas a ti mismo el sufrimiento
de esta vida que brilla y que nos quema.
No me dejes recluido en mis fronteras,
pues quedo tan inerme y desvalido,
que temo, mi Señor, que si algo pido
no será de esta súplica que esperas.
Como para tu gloria vivo y muero,
lo que quiero pedir yo no lo quiero.