Brama el mar, de los aires ofendido,
y estrella quiere ser en su elemento;
gime de horrores desatado el viento,
un mal de tantos montes oprimido.
Cruje la selva, el Cielo, embravecido,
estremece el dudoso firmamento;
que no hay quien niegue a un daño el sentimiento,
una queja, una lágrima, un gemido.
Yo solo, siempre en padecer constante,
soy de mi mal en la postrera cumbre,
alma sin voz, silencio de diamante
¡Oh, continua enseñada pesadumbre!
sufrir sin novedad, un triste amante,
tanto debe un dolor a la costumbre.