En una roca de cristal luciente,
que el blanco aljófar de un estanque lava,
afila la herramienta de su aljaba
el Acidalio, joven inclemente.
En dos lascivos viejos, insolente,
dardos de fuego desde el agua enclava,
que en llamas arden de lujuria brava,
por la beldad que admiran en la fuente.
Arden los ojos en alegre fragua,
sin que ataje sus llamas fulminantes
el que a Susana baña licor puro.
Antes más se avivaron con el agua
sus llamas violentas, pues bastantes
fueron para forjar hierro tan duro.