Huyendo del amor una mañana,
sagrado de un laurel, Diana hermosa,
hizo, por coronar su intacta rosa,
de la Imperial Diadema soberana.
Lo supo amor y a la defensa vana
opone su deidad maravillosa,
y ella que ciego le miró, gozosa
su imperio olvida y su poder profana.
Amor entonces de su aljaba fuerte
sacó una flecha y con rigor lucido
dulce le aplica la gustosa muerte.
Y le dijo galán aunque atrevido:
pues eres Dafne, en el arcón advierte
que Cetros y Laureles ha vencido.