Si Tú me dices: «¡Ven!», lo dejo todo
No volveré siquiera la mirada
para mirar a la mujer amada
Pero dímelo fuerte, de tal modo.
que tu voz, como toque de llamada,
vibre hasta en el más íntimo recodo
del ser, levante el alma de su lodo
y hiera el corazón como una espada
Si Tú me dices: «¡Ven!», todo lo dejo
Llegaré a tu santuario casi viejo,
y al fulgor de la luz crepuscular;
mas he de compensarte mi retardo,
difundiéndome, ¡oh, Cristo!, como un nardo
de perfume sutil, ante tu altar